sobre mis posiciones filosóficas.

Hace ya dos años tuve una larga conversación con un amigo con el que no solo tengo conexiones intelectuales, sino un vínculo que nació de mis años universitarios en las décadas del 80s y 90s en Cuba y se expandió mucho más allá del confinamiento académico.

Fue un vínculo que nos abrazó no solo como parte de un círculo de amigos en Cuba que queríamos libertad de expresión para el cubano común, sino como parte de formas diferentes y radicales de pensar la cultura cubana incluyendo el papel de los intelectuales en la misma.

Mi amigo y yo siempre tuvimos algunos desacuerdos, no tanto a nivel político sino sobre todo a nivel filosófico. Hace dos años, decidimos desempolvar en una charla informal algunos de nuestros acuerdos y desacuerdos de antaño.

Desafortunadamente, se negó a tener esa charla conmigo en Facebook por razones que se podrían inferir si continua leyendo. Sin embargo, decidí responderle con la esperanza de que en algún momento pudiéramos abrir un diálogo público, tal vez en otro medio de comunicación, para discutir todos estos temas.

Mi interacción más reciente con él me dejó con la misma pregunta que todavía me persigue como un trabalenguas siempre arrastrado en la superficie de nuestros intercambios ¿Podemos ser profundos y superficiales sin que nuestra profundidad traicione nuestra superficialidad o nuestra superficialidad traicione nuestra profundidad? O sea, ¿cómo ser conciso sin ser superficial y cómo ser profundo sin complicar las cosas?

Esta es una cuestión filosófica que se encuentra en la medula de los debates y discusiones digitales de nuestro tiempo: las redes sociales, y más específicamente, la excesiva economía de la atención que ellas generan, hacen nuestras ideas superficiales incluso cuando no lo son.

Esta es también una pregunta que nace aquí, en el mismo medio que aplana y lamina cualquier profundidad convirtiéndola a un flujo delgado e interminablemente de datos que circulan con un “input” y un “output” a penas sintiendo los seres humanos que existen a cada lado.

Hace dos años, mi amigo me confrontó en privado con respecto a estos temas después de ver algunos de mis últimos escritos en Facebook. Sintió que mis escritos más recientes eran "demasiado taxonómicos" y llenos de "sentencias breves".

Incluso pasó a describir mi intención como la de "un observador post-humano distante y sin compromiso emocional con lo político". Básicamente, "no podía conectar mi estilo extremadamente esquemático hoy en día con mi antigua oceanidad heideggeriana". Todo esto sin él, haber leído nada de lo que he escrito que aún está inédito.

Sus opiniones sobre mi manera de pensar estaban basadas en lo que ha leído en Facebook y de mis intervenciones públicas directas cuando él y yo éramos parte de esfuerzos comunes en Cuba durante mis años universitarios como estudiante de filosofía en los 80s.

Para él, yo estoy predispuesto en mi pensamiento a "demasiada simetría", "demasiada circularidad" y "demasiada filosofía analítica simplificada". Incluso sugirió que tal vez me estoy "rebajando a las prerrogativas de Facebook". En fin, no creía que yo fuera la misma persona que conoció y con la que compartió hace mucho tiempo. Y si esto no fuera poco, me atribuía exactamente las mismas cosas que yo atribuía a otras personas en mis escritos: ser regresivo. Nuestro intercambio se desplegó como un escenario perfecto para proyecciones freudianas peloteadas desde ambos lados en una cancha de tenis.

Esta experiencia con mi amigo me recordó dos películas. Una fue American Psycho, en la que el personaje principal y narrador, Patrick Bateman, parece ser de alguna manera redimido de los horribles atributos de su propio carácter por solo estar consciente de ellos y mostrarse parcialmente en desacuerdo con ellos, pero aún así dispuesto a participar en el mismo juego de ostentación y arrogancia que criticaba debido a las presiones de su entorno.

La segunda película fue “Forgetting Sarah Marshall”, en la que el personaje principal, Russell Brand, interpreta a un mujeriego superficial que, en el momento del rodaje, no estaba tan lejos de representar la vida personal real de Russell Brand. Russell Brand en su vida real comenzó como un comediante y más tarde se hizo presentador de MTV, actor, activista político y finalmente, un meditador trascendental espiritual profundamente arraigado en la Nueva Era y cuyo mayor admirador espiritual era no otro que David Lynch.

Pero, volvamos a Patrick Bateman y encontremos algunas correlaciones entre estas dos películas y el intercambio con mi amigo. Estoy convencido de que incluso con todas las ambigüedades del final en American Psycho, Patrick Bateman no cometió los crímenes descritos en la película. Sin embargo, ni esto ni su reconocimiento de ser un personaje tan despreciable lo redimieron de ser solo eso, un personaje despreciable.

Patrick Bateman era consciente de que sus fallas eran las mismas fallas que él compartía con sus compañeros de trabajo, pero de alguna manera, debido a que él era el narrador, daba la impresión de que estaba por encima de ellos incluso cuando seguía participando activamente en el mismo juego decadente y ostentoso mientras presumía mantener una distancia en calidad de narrador. La pregunta, sin embargo, que pide una respuesta urgente es la siguiente, ¿es posible participar (excluyendo obviamente matar) en todas las cosas de las que Bateman formaba parte y mantener la aparente superioridad moral que Bateman nos hace creer tener?

No lo creo. Creo que Bateman estaba moralmente dañado y era definitivamente un mercenario de los valores morales que sin ningún problema era capaz de cambiar si su adaptación a una nueva situación lo requiriera. Otra cosa, sin embargo, sería caer en las mismas fallas que criticamos en otros no porque pensemos que es inevitable dada la presión de grupo, sino porque a veces, para algunas cosas, en realidad somos un trabajo en progreso.

Criticar a los demás por las mismas cosas en las que a veces nos equivocamos no es necesariamente hipocresía. Los errores "técnicos" son errores que pueden corregirse. Los errores de convicciones, sin embargo, son errores de traición e hipocresía. Los errores "técnicos" son errores para criticar y no juzgar a una persona. Cuando criticamos, lo hacemos para solucionar problemas de forma colaborativa. Cuando juzgamos criticamos para desacreditar por traición y doble moral.

Todavía no me quedó claro si llamarme regresivo, considerando que así es como llamo a muchos de mis oponentes, significaba en boca de mi amigo que era él quien me criticaba para tratar de solucionar un problema "técnico" con mis ideas o me estaba juzgando y rechazando por traicionar mis propias ideas. De alguna manera, he querido creer que es el primero, pero requeriría de otro intercambio con él para confirmarlo.

Pasemos a la segunda película, "Forgetting Sarah Marshall", y a su personaje principal, Russell Brand. Sin mucho esfuerzo imaginativo, pudiéramos concluir que la película nos brinda la típica y mediocre lección moral hollywoodense. Es una comedia cursi sobre la evolución disparatada de Russell Brand como celebridad en el que su bipolaridad se convierte en el foco central de su imagen pública.

Lo superficial y lo profundo se mezclan en su vida real. Si bien la mayoría de sus personajes en la pantalla han sido desagradables, arrogantes y con muy poco cerebro, en la vida real Russell Brand parece haber desarrollado, antes y después de su rehabilitación, un interés inmenso por los problemas políticos y espirituales que es la envidia de sus personajes de pantalla. Esta profundidad de lo político y lo espiritual parece haberlo dominado por completo después de la rehabilitación.

La bipolaridad se presta naturalmente a este tipo de desajuste mostrando precisamente la traición al carácter de uno y donde las faltas que uno critica en los demás son las mismas faltas que uno tiene. No iría tan lejos como para decir que mi amigo me considera bipolar, pero algunos grados de desajuste en mi escritura tal vez sean los que relacionan su reacción con algún tipo de traición de mi parte.

En el caso de Russell Brand, él esta plenamente consciente no sólo de sus adicciones pasadas, sino también de su propia bipolaridad. El bipolar tiende a enceguecer en cada estado bipolar incluso cuando puede ser consciente de la bipolaridad en retrospectiva.

Ahora bien, sí yo pienso en ciertos momentos que la felicidad es la meta más alta de la vida y me distancio de los pesimistas, mientras que en otros momentos pienso que la amargura y la depresión es nuestra disposición natural y me distancio de los optimistas, esto mostraría lo que parece ser una traición no solo moral y emocional, sino particularmente filosófica (más sobre esta última más adelante).

No podría decir con certeza si cuando Russell Brand está en su modo más meditativo y auto-reflexivo (meditaciones trascendentales y las creencias de la Nueva Era que respalda) es realmente genuino y aún no está mostrando su propia bipolaridad cuando en otro momento puede “enchufarse” al carácter superficial que tiene por defecto. O incluso, si su nueva espiritualidad pre-empaquetada es su nueva y actualizada marca de superficialidad.

Sin embargo, la bipolaridad no es la única razón por la que las personas traicionan sus convicciones morales. A menudo, proviene de tener ingredientes pequeños de tal bipolaridad sin serlo e intentar ocultarlo con toda consciencia de lo que se hace. Este es el plano de lo moral y no el de lo clínico.

Creo que si fui incongruente, como afirmó mi amigo al llamarme regresivo cuando criticaba a las personas regresivas, no fue porque sea bipolar, pero tampoco porque estaba intentando deliberadamente cubrir mi inmoralidad con plena conciencia de lo que hacia. Pero dejemos a un lado la psicología y veamos cómo, según los estándares de mi amigo, parece que he perdido mi "antigua oceanidad heideggeriana".

Vale la pena notar que la elección de las películas que hice para analizar estos problemas con mi amigo también puede ser parte de su visión de mí en Facebook en relación con el tipo de películas que escojo para temas filosóficos. Podría haber elegido la película Stalker de Tarkovsky (uno de sus directores de cine favoritos) o incluso Persona de Bergman. Mis elecciones de películas, sin embargo, dicen más sobre nuestras diferencias filosóficas que cualquier publicación en Facebook con contenido filosófico.

Curiosamente, aquí mismo en Facebook he revisado a Tarkovsky y a Bergman y he hecho extensos comentarios sobre mi propia herencia filosófica desde Hegel a Marx, Heidegger, Deleuze, Derrida, Baudrillard, Marshall McLuhan y particularmente a Wittgenstein y Godel. En su debido tiempo, lo remitiré a todos estos escritos los cuales desconoce.

Sé que él hubiera preferido que hiciera referencia a todas estas fuentes culturales intelectuales para poder identificar una jerga y sentirse más a gusto y "afectivo" con mi línea de pensamientos modelada en el prestigio de un club o gremio intelectual. O tal vez en realidad mi amigo ha olvidado que incluso cuando tengo todas estas referencias eruditas y académicas en mi cabeza, siempre he tratado de usarlas al mínimo cuando mis escritos se dirigen a una audiencia desconocida y el tema puede tratarse en su forma pura, lógica o experiencial.

Él aún insiste en decirme: "Tengo un concepto ético-afectivo de la verdad".
Sin embargo, yo pienso que hasta ahora, en lo que concierne a la política, la literatura o incluso la filosofía todos estos campos se mueven con ese tipo de verdad. Obviamente, la verdad también se extiende más allá de esos dominios. Entiendo la ética de la verdad, pero a menos que mi amigo me dé evidencias más sólidas, su parte "afectiva" ya estaba cubierta por Kant en su imperativo categórico moral, luego descartada por Kierkegaard en su aguda comprensión de la estética y últimamente expandida filosóficamente por Levinas en su concepción del Otro en el rostro de otro ser humano.

Mi amigo insistió:

"No hay verdad sin compromiso y eso es lo que me aleja de tu lenguaje, hablas como un observador desapegado".

Hay algunos dominios de la verdad en los que no hablar como un observador distante pondría realmente en peligro tal verdad en su universalidad relacional. A la inversa, hay algunos dominios de la verdad en los que no hablar de una manera local o personal en realidad pondría en peligro tal verdad en su individualidad no relacional. Esta naturaleza relacional y estructural de la verdad no es nada nuevo, pero ciertamente tiene algunos efectos secundarios no deseados en ambos lados.

Una verdad objetiva completa, deshumanizada y absolutamente existente en sí misma (absolutismo de estilo Kantiano) es tan ridícula como una verdad subjetiva completa, pro-humanizada y absolutamente existente por sí misma (absolutismo de estilo Hegeliano).

Pero luego, mi amigo insistió en un modo peculiar:

"Tú y yo diferimos ENORMEMENTE en la relación ético-afectiva hacia / postulación de la verdad. Tú postulas una verdad desconectada, supuestamente post-axiológica, como si todo lo que no es conocimiento científico fuera sólo ideología".

El conocimiento científico sin duda no es ideología. Sin embargo, esto no significa que el conocimiento científico no pueda estar saturado a veces de ideología. Cuando el conocimiento científico está saturado de ideología, es responsabilidad del científico dejar claro dónde comienza la ideología y dónde termina la ciencia o al menos ser lo suficientemente transparente cuando ese umbral es difuso.

Debo destacar que no tomo la ideología de por sí como una falsa conciencia en el sentido marxista como si pudiera haber una ideología científica. Las ideologías tienen valor cognitivo pero no son científicas.

Tampoco tomo la ideología como conciencia infeliz en el sentido hegeliano, ni la tomo de la manera negativa articulada por Wittgenstein al referirse a los errores de la metafísica. Simplemente tomo la ideología como un dominio separado del de la ciencia y con tantos errores para corregir como la ciencia.

Del mismo modo, aquellos en los dominios de la política, las artes, la religión, la filosofía, la literatura y las humanidades en general, donde la ideología es más predominante que el enfoque científico, deben ser lo suficientemente transparentes para mostrar cuándo tales posiciones ideológicas están afectadas por pseudo ciencia. En algunos casos sucede que la ciencia es utilizada y abusada para complacer agendas ideológicas.

Finalmente, me siento obligado a expresar mis sentimientos de gratitud por mi amigo permitiéndome citarlo (él no aceptaría discutir en Facebook) y hacer todo lo posible para estar en desacuerdo y aclarar mis puntos de vista y posiciones como así lo he estimado de acuerdo con sus reacciones una vez que se detuvo en my Facebook para leer algunos de mis textos. Y puesto que me dijo,

"respeto profundamente tu intelecto",

espero haber cubierto tal deuda con el mismo respeto.

Genuine tragedies in the world are not conflicts between right and wrong. They are conflicts between two rights. Friedrich Hegel.

Genuine tragedies in the world are not conflicts between right and wrong. They are conflicts between two rights. Friedrich Hegel.